No hace mucho, comenté que el discurso que analiza Joan Fontcuberta en su libro Blow Up Blow Up recorre, de alguna manera, los últimos 50 años en donde la noción que se tenía de la fotografía, en su sentido más amplio, puede revelar una verdad, a veces, oculta. Es así como lo experimentó Sergio Larraín y de su fuente de inspiración, Julio Cortazar escribió el famoso cuento “Las Babas del diablo”. Y. luego, ese concepto se metamorfoseó a lo largo del último medio siglo. Hasta que lo analizó Fontcuberta y lo puso patas para arriba.
En todo ello, estuvo la mano de Cortazar y sin saberlo (eso creo) le dio nombre y apellido a la forma que se piensa la fotografía como una fuente de descubrimiento y esclarecimiento. Algo, que vuelvo a repetir, Fontcuberta se encargó de desmantelarlo en consonancia con la llegada de los pixeles y el nuevo escenario digital.
Y el gran escritor argentino también me regaló otras reflexiones con respecto a algo que siempre me interesa cuando deambulo por las calles y que tiene que ver con carteles, grafitis, murales.
Las paredes llena de carteles según Cortázar “tienen como una suerte de mensaje; una especie de poema anónimo porque han sido hechos por todos”.
Paredes reconstruidas “por montones de pegadores de carteles que fueron superponiendo palabras, acumulando imágenes y luego unas caen y otras quedan. Los colores se van combinando…”