Un soplo de vida al encuadre

 

Fotografía © Harry Gruyaert. Bélgica, 1988

Me gusta entender a la fotografía como una filosofía de vida y conocimiento constante. Y en ese maravilloso entorno de incertidumbres, variantes, tropezones y caminos ( a veces asfaltados), micro revoluciono a diario mi actitud hacia la fotografía que deja de ser un mero vehículo técnico y profano de producir imágenes para convertirse en algo existencial, en trepidante evolución y permeable a nuevos conocimientos que alimenten esta perspectiva. Desde mi opinión, allí encuentro la completitud educacional que exige la fotografía.

Y de esa educación intento explayarme, abrirme en estos tiempos virtuales tan prosaicos. Y más allá de triangulaciones, horizontes inclinados, proporciones áureas o reglas de los tercios, lo expreso como una gratitud que me brinda la vida. Y no digo que las variantes de composición no sean importantes (ya he hablado mucho en estos 10 años de Miradas Cómplices). Hablo de complementarse con nuevos conocimientos (aparentemente ajenos a la fotografía) que pueden optimizar (creo yo)  la composición de una manera tangencial.  Que le dan adherencia existencial, le dan vida. Y eso al final es la fotografía para mi. Y en este apartado, debo confesar que todo ello lo fui descubriendo con los años, con la madurez, con la pérdida, las ausencias…

Cuanto nos ayuda a reinventar el mundo: nuestro mundo y nuestro entorno o a estimular nuestra imaginación, nuestra creatividad con la lectura de un buen libro. Siempre consideré que un libro no es sólo un enjambre de papel escrito sino que es la voz de una persona que quiere transmitirte su experiencia, su vitalidad. Y ese soplo de vida que asimilas, quizás encuentre eco en algún rincón de tu encuadre fotográfico, en tu disfrute de cada día.

Desde hace varios años que leo haikus y desde hace pocos, que me animo a escribir algunos. Ahí va uno:

Y de repente

el paso se alarga

junto al viento

Fotografía © Francesc Català Roca. Madrid, 1955

Entre ese poema breve de diecisiete sílabas (escrito en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente) y una instantánea hay muchos más puntos en común de lo que uno pueda creer. Ambos son concisos (y hasta diría efímeros) e intentan transmitir una emoción: una chispa de lucidez que sale de las entrañas del poeta o del fotógrafo. Ambos se sumergen en el espíritu humano. Y una característica de los haikus que ejemplariza su arte es el siguiente: huyen de cualquier atisbo de lucimiento, de expresión pretenciosa, y buscan la observación sencilla. Y eso debemos aprender como fotógrafos.

Los haikus fuera de sí no expresan nada – comenta Andréi Tarkovski en Atrapad la vida –  y a la vez significan tanto que, recorrido el largo camino de la comprensión de su esencia, uno se da cuenta de que es imposible percibir su sentido último. En otras palabras, una imagen se acerca más a su objeto cuanto más difícil resulta tratar de condensarla en cualquier fórmula conceptual o especulativa”

Bajo el alero

la lluvia no empapa

más que al cielo

Fotografía © Trent Parke. Sidney, 1988

Prosigue el genial cineasta ruso: “el lector de un haiku tiene que perderse en él como haría en la naturaleza, tiene que adentrarse en él, extraviarse en su profundidades como en el cosmos, donde no hay un arriba ni un abajo. La imagen artística de un haiku es tan profunda que su complejidad es imposible de medir. Semejante imagen sólo surge por medio de una observación directa e inmediata de la vida”

Sencillez y precisión en la observación, inteligencia disciplinada e imaginación son virtudes que alimentan de frescura a una instantánea y en ese contexto, el haiku se solidariza en el encuadre de una imagen, ayuda a optimizar la resolución de un problema visual a través del rectángulo. Le ejemplariza a través de la vida diaria, le agrega un inconcluso punto final.

hasta pronto!

Acerca de marcelocaballero

Marcelo Caballero. Fotógrafo
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