Todo tiene un principio

Luego de muchos años de hacer fotografías, uno vuelve la mirada hacia el principio y reconoce cierta composición que perdura en la evolución de tu trabajo. Pero, en general, y eso es lo más inquietante: ya no te sientes tan identificado con lo que hiciste en su momento o simplemente ya no te agrada la forma que componías. Eso me pasa a mi casi siempre. Y digo casi siempre porque algunas imágenes fueron vitales para mi crecimiento. Y es allí donde le hice caso a Sergio Larraín y desde que conocí su consejo, las pongo en una pared y las veo cada día, porque tienen “algo” que me gusta que deseo queden para siempre en mi mente,  en mi forma de componer. Y toda esta reflexión es constructiva si partes de la práctica y el error, de la adecuada selección y edición;  y fundamentalmente de ser muy crítico contigo mismo sin llegar al punto de dudar de todo. La línea entre el dudar y no dudar es muy delgada y uno tiene que ir con cuidado para no perder el autoestima en tu propio trabajo. Esto parece simple pero no lo es. Lleva entrenamiento, un buen amigo /s conocedor / es de tu trabajo y exige toda la atención que se merece por tu parte. Allí es donde se materializa en su totalidad el desarrollo de la fotografía como si se tratara de un movimiento circular.

Fotografía © Garry Winogrand. Nueva York, 1950

Supongo que en todo ello pensaba en su día (y en muchas cosas más), uno de los grandes maestros de la fotografía contemporánea, Garry Winogrand con sus fotografías iniciales.

Fotografía © Garry Winogrand. Nueva York 1950

Con tan solo 20 años, Winogrand ya deambulaba con su cámara por una ciudad como Nueva York, su ciudad natal que aún exhibía una aspereza que recordaba la Depresión y la Segunda Guerra Mundial. Y en ese contexto, curioseaba por cualquier calle, en Coney Island, en convenciones políticas, aeropuertos o haciendo fotos desde el coche. Todos, escenarios muy comunes en sus fotografías durante toda su vida; pero en ese entonces, era toda una novedad.

Fotografía © Garry Winogrand. Coney Island, 1953

Antes de empezar a trabajar con el gran angular (una herramienta que expandió notablemente su campo de acción, incorporó más personas a sus encuadres y produjo el espacio elástico que es seña de identidad de su trabajo), Winogrand solía hacer primeros planos que pueden entenderse como estudios de gestos o esbozos que lo condujeron hasta su estilo de madurez.

Fotografía © Garry Winogrand. Coney Island, 1952

En esa época, a principios de los ’50, admiraba a Henri Cartier Bresson, Dan Weiner (su mentor), Walker Evans y Robert Frank. Todas esas influencias se aprecian en el Winogrand germinal quien aún no se había inventado su estilo fotográfico tan reconocible 20 años después. Sin embargo, en ciertas composiciones ya era identificable.

Fotografía © Garry Winogrand. New York, 1950

En estas fotografías casi siempre se posicionaba frente a los hechos como si estuviera sentado en primera fila en un teatro y el escenario: Nueva York donde se representaban continuamente dramas grandes y pequeños, espontáneos o preparado, cómicos y trágicos. Esa característica del estilo de Winogrand, pronto se iba a desarrollar en toda su magnitud a principios de los ’60.

Fotografía © Garry Winogrand. Nueva York, 1954

 

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Marcelo Caballero. Fotógrafo
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